Puede decirse que toda persona que ha enfrentado el sobrepeso y la obesidad ha intentado, al menos una vez, hacer una dieta. Y, casi con total seguridad, se puede afirmar que todo aquel que ha comenzado un régimen alimenticio que vaya en contra de sus preferencias, de comer lo que realmente le gusta y no lo que le conviene, ha fracasado al menos una vez en su propósito.
Yo mismo he hecho no se ya cuantas dietas. De pequeño, mis padres me llevaron a los endocrinólogos más famosos en la ciudad porque era un niño gordo y eso era un problema. De adolescente, probé con métodos como la Dieta Atkins y la Scarsdale. Ya de hombre probé la de la luna, la de los astronautas, la de la buena alimentación, volví con los endocrinólogos y siempre perdí peso... pero siempre lo recuperé.
Hoy en día tengo 46 años, tengo un diagnóstico de hiperinsulinismo, soy hipertenso desde los 25 y, para el día de mi cumpleaños el año pasado (el 4 de diciembre, para ser exactos) pesaba 127 kilos y el regalo que recibí de la vida fue una subida de azúcar en la sangre que, por primera vez, me hizo enfrentarme al temor de morir por causa de mis hábitos: glotonería, autoconmiseración, sedentarismo, tabaquismo y un largo etcétera.
Algo había que hacer y tenía que ser rápido. Y empecé de inmediato un régimen, completamente autoimpuesto por mí, de restricción de carbohidratos. Total, haciendo dietas tengo una gran experiencia y, creía yo, no necesitaba mayor conocimiento al respecto. Pero, llegado el día de navidad me encontré buscando como sobrellevar esa cena, que debería ser un feliz momento de reunión familiar y, el 25 de diciembre en la mañana, tras cenar una mísera porción de cada una de las delicias que había en casa para celebrar el nacimiento del niño Dios, decidí darme un regalo distinto: Me puse unos pantalones cortos, un par de viejos zapatos y una franela y me fui a uno de los estadios de mi ciudad y decidí caminar por una vida nueva y mejor.
Fueron 45 minutos de sudar, de reflexionar, de no saber que hacer, cuando parar o cuando exigir más a mi cuerpo, pero esos 45 minutos fueron el primer paso verdaderamente serio para tener una mejor condición física y me gustaría destacar que no dije para estar más delgado, porque ese fue mi objetivo antes, el cual logré y perdí.
Ahora mi meta es llegar a la tercera edad lo más saludable que pueda y me gustaría compartir este esfuerzo, sus resultados (tanto lo que salga bien, como lo que no) con otras personas que también hayan vivido una experiencia parecida a la mía. Si logro servir en este intento aunque sea de apoyo moral o de aliento, sentiré que habré logrado un objetivo muy importante.
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